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Melva

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Creo en mis formas, en mis caminos;
en esos que duelen o que demoran,
pero que rinden frutos.
Creo en el sendero de la verdad,
en el sendero difícil.
Creo en mi alma,
en esa porción agazapada de mí.
Creo en mis palabras,
en mis frases,
en mis abrazos y en mis miradas.
Creo en quien soy y por lo tanto,
en quien a pesar de las derrotas
no tengo intenciones de dejar de ser.
Creo en mi sueño,
en el magnífico sueño que seguiré construyendo
hasta que no me queden más fuerzas para creer.
Creo en el destino,
en mi historia,
en mis pasos
y en mi experiencia.
Creo en mis ganas de dar y
creo en un mundo maravilloso
que espera recibir mi gota de ayuda.
Creo en la amistad,
en los besos,
en la lluvia,
en las sonrisas y en los secretos.
Creo en mi esfuerzo por crecer,
en mis ganas de crecer.
Creo en la vida,
y en la magia con la que toca todas las cosas.
Creo en el destino
y en un futuro de recompensa
para quienes afrontan el desafío
de ser fieles a sí mismos.
Creo en mí;
sobre todo creo en mí cuando caigo,
cuando no tengo fuerzas,
cuando el viento sopla y mis velas ceden,
sigo creyendo en aguantar
y en volver con todas mis fuerzas para seguir
y seguir creyendo,
y seguir andando,
y seguir viviendo.
Creo en los sentimientos
que pueden hacer de cada día
un sol distinto y
por supuesto:
Creo en el amor
y en ese modo indescriptible de estar parado ante la vida,
en esa manera intrépida de hacer transcurrir el tiempo
en esa forma tan peligrosa y a la vez tan excitante de tener…
…el corazón abierto… !


HAY UNA MUJER …
… que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor,
y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados.
Una mujer que siendo joven, tiene la reflexión de una anciana
y en la vejez trabaja con el vigor de la juventud.
Una mujer, que si es ignorante,
descubre con más acierto los secretos de la vida que un sabio,
y si es instruída se acomoda a la simplicidad de los niños. Una mujer, que siendo pobre se satisface con los que ama,
y siendo rica,
daría con gusto sus tesoros por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud.
Una mujer que siendo vigorosa, se estremece con el llanto de un niño,
y siendo débil se reviste a veces con la bravura de un león.
Una mujer que mientras vive no la sabemos estimar,
porque a su lado todos los dolores se olvidan,
pero después de muerta daríamos todo lo que poseemos
por mirarla de nuevo un solo instante,
por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.
De esa mujer no me pidas el nombre,
si no quieres que empape en lágrimas el pañuelo…
esa mujer yo la vi por el camino. Es mi madre!
De esa mujer no me exijáis el nombre si no queréis que empape con lágrimas vuestro album,
porque ya la vi pasar en mi camino.
Cuando crezcan vuestros hijos leedles esta página
y ellos, cubriendo de besos vuestra frente os dirán
que un humilde viajero ha dejado aquí,
para ti y para ellos, un boceto del retrato de su madre.”
Autor: Ramón Angel Jara, Obispo chileno y canónigo argentino

| En la mirada del animal silencioso hay un discurso que sólo el alma del sabio puede comprender verdaderamente. |
|
un poeta indio
|
En el crepúsculo de un hermoso día, cuando la fantasía se apodera de mi mente, pasé por el borde de la ciudad y me detuve ante las ruinas de una casa abandonada, de la que sólo quedaban las piedras.
Entre las ruinas ví un perro que yacía sobre suciedad y cenizas. Su piel estaba cubierta de úlceras y la enfermedad atormentaba su cuerpo débil. Sus ojos tristes miraban una y otra vez al sol poniente y expresaban humillación, desesperanza y miseria.
Me acerqué a él con el deseo de saber el lenguaje animal para que mi compasión pudiera consolarlo. Pero solo logré aterrorizarlo, e intentó levantarse sobre sus patas paralizadas. Cayéndose, me echó una mirada en la que se mezclaba la ira impotente con la súplica. En esa mirada había un discurso más lúcido que el del hombre y más conmovedor que las lágrimas de la mujer. Esto es lo que entendí que decía:
-Hombre, sufrí la enfermedad que causó tu brutalidad y persecución.
“Huí de tu pie rudo y me refugié aquí, porque el polvo y las cenizas son más dulces que el corazón del hombre y estas ruinas menos tristes que su alma. Vete, intruso del mundo del desgobierno y la injusticia.
“Soy una miserable criatura que sirvió al hijo de Adán con fe y lealtad. Era el más fiel compañero del hombre; lo cuidaba noche y día. Me afligía en su ausencia y lo recibía con alegría a su regreso. Me contentaba con las migajas que caían de su mesa y me alegraba con los huesos que sus dientes habían despojado de carne. Pero cuando me volví viejo y enfermo, me sacó de su hogar y me abandonó a los despiadados jóvenes de las callejuelas.
“Oh hijo de Adán, veo el paralelismo que existe entre mi caso y el de tus prójimos imposibilitados por la edad. Hay soldados que lucharon por su país cuando estaban en la flor de la vida y que luego labraron su suelo. Pero ahora que ha llegado el invierno de sus vidas y ya no son útiles se ven desechados.
“También veo un parecido entre mi suerte y la de una mujer que, en los días de su adorable juventud, alegró el corazón de un joven y que después, como madre, dedicó su vida a sus hijos. Pero ahora, ya anciana, es ignorada y eludida ¡Qué tiránico eres, hijo de Adán. Y qué cruel!
Así habló el silencioso animal, y mi corazón lo comprendió.

